Laura Martínez

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Ya llevaba dieciséis años sin asistir a una iglesia por voluntad propia. Asistía a bautizos y otros eventos con mis tíos pero no me sentía cómoda por muchas cosas que viví desde niña. Mi Hermana y yo crecimos solas, yo buscaba tener la familia que nunca tuve.

Tuve una relación muy tóxica con el padre de mis hijos, yo no podía dejarlo por miedo a que me hiciera algo a mí o a mi familia. Cuando tuve el valor de dejarlo, la forma más fácil fue escapándome con otra persona. En esta otra relación también había violencia y me tuve que alejar otra vez.

Después de muchos años decidí dejar todo y vine aquí a Indiana sola para empezar desde cero. Llegué sola, con un poco de ropa y con mis hijos. Comencé a trabajar y en un año conseguí un apartamento y me refugié en el alcohol, salía a bailar buscando alejar la soledad. Aunque nunca le reproché a Dios por todo lo que había pasado, yo me sentía muy abandonada a causa de muchas situaciones duras por las que pasé. En esos momentos, yo sabía que no podía culpar a nadie más que a mí misma. Me alejé de todo el mundo, dejé de hablar con mi madre y con mi hermana por vergüenza. Si seguía viva era por mis niños y si salía era porque tenía que trabajar para darles de comer.

Más adelante conocí a Antonio a través de una amiga. Yo veía comentarios de él en Facebook solamente, ella me comentaba que él iba a la iglesia y yo decía: “bueno, eso se le quita”. Comenzamos a hablar y me invitaba a la iglesia pero yo no quería ir, no me gustaba. Me dijo que cuando yo estuviera lista él me llevaba, empezamos a vernos y él nunca me presionó. Cuando decidí venir a la iglesia sentí que el pastor sabía todo de mí, fue un impacto tremendo para mí el haber ido y haber sentido lo que sentí al escucharle hablar. Me dejó muy impresionada y como dicen: “los tiempos de Dios son perfectos”. Yo sé que ese era el tiempo para mí, y ya no quise alejarme. De ahí comencé a venir más seguido, a participar en las reuniones y oraba, aunque me daba miedo porque no sabía cómo hacerlo. Hoy puedo dar testimonio de cómo Dios me sorprendió al pedirle que me mandara un hombre bueno, ya que siempre estaba sola y sufriendo; al mes yo conocí a Antonio, ese momento nunca lo voy a olvidar, porque Dios respondió a mi oración. La oración es muy importante y Dios es muy grande, Él te escucha aunque a veces nos cueste creerlo. Él está en todo momento cerca de ti, sólo tienes que pedírselo con mucha fe y Él sí te escucha.

Ya no siento la necesidad de salir y tomar. La relación con mis hijos también es mucho mejor, se han acercado a mí y a veces me piden que ore por ellos. Antes como yo no creía, ellos no creían. Ya no siento ese miedo de quedarme sola, sé que pase lo que pase Dios está conmigo. Me siento tranquila, contenta e incluso mi familia ha visto un gran cambio en mí, por ese motivo poco a poco se han ido acercando a la iglesia. Ellos tienen también esa necesidad de conocer de Dios y yo trato de ayudarlos en eso. Les da gusto porque mis hijos están contentos y yo estoy tranquila.

Antonio es un buen hombre y hemos madurado mucho tanto en la relación como espiritualmente. Los dos hemos cambiado bastante y yo he orado mucho para que Dios nos ayude a seguir cambiando. Él siempre me ha escuchado y he podido ver su respuesta inmediata. Me bendijo con un hombre bueno al que mis hijos quieren y mi familia acepta.