Olga Domínguez

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Yo siempre me consideré una persona buena. Crecí dentro de una religión. Cuando nací mis padres eran católicos y me bautizaron en esta iglesia, a los tres años se convirtieron al mormonismo entonces crecí en esa otra iglesia y me volví a bautizar. Cuando me casé mi esposo era católico entonces volví al catolicismo.

Trataba de ser una buena hija, buena esposa y buena mamá. Pero siempre me hizo falta una relación verdadera con Dios. Cuando me separé de mi esposo, el papá de mis hijos, fue una separación muy fuerte y dolorosa. Yo creo que los tiempos de Dios son perfectos, esta experiencia fue la que me llevó a conocer quién es mi Padre Celestial.

Llevaba veinticuatro años casada, mi relación era buena, tenía una buena posición económica, mis hijos estaban bien. Creía que mi matrimonio era perfecto y nunca sentí la necesidad de buscar a Dios porque todo iba bien. Comparo mucho mi historia con la de Job, es alguien con quien me identifico mucho porque yo me consideraba una persona buena y tenía todo.

Cuando empezaron a llegar las pruebas fueron todas al mismo tiempo. Mi esposo mantuvo una relación con alguien de mi familia por muchos años, incluso existía un bebé de esa relación, mientras nosotros seguíamos casados. Cuando yo me enteré de esto mi mundo se derrumbó, ese mundo perfecto en el que yo creía que vivía. Fue un tiempo muy difícil, ya que en el momento que esto ocurrió perdí a mi mamá. Tuve que dejar mi casa e incluso a mis hijos porque no tenía recursos para sostenerlos. Fue un proceso duro porque me sentía mal, lloraba mucho, estaba desesperada pero aún no era el tiempo de mi encuentro con Dios. Pasó casi un año de esa situación hasta que un día Él decidió que ya era el tiempo para mí. Hubo un momento en el que yo incluso pensé en quitarme la vida,  peleaba mucho con Dios y le decía: “Bueno, si yo he sido una buena persona, por qué me pasa esto a mí, no es justo. Arregla esta situación o quítame la vida porque ya no quiero estar así”. Creo que esa rebeldía era la que hacía que Él tardara más tiempo en darme una respuesta, pero cuando esa respuesta llegó, fue un renacer. Yo no tenía nadie que me hablara de Dios pero Él me buscó, me levantó y me dio las fuerzas. Él es quien me ha sostenido desde entonces.

Hoy, orgullosamente puedo decir que soy una hija de Dios, soy una mujer muy fuerte, muy tranquila, llena de paz y metas de vida. Dios me dio una nueva pareja, un hombre que también lo ama y lo busca. Creo que es tan cierto que cuando Dios te quita algo es para darte algo mucho mejor, no porque él sea el hombre perfecto sino porque mi relación primera es con Dios y lo demás viene por añadidura. Soy una mujer nueva, nací de nuevo, incluso la relación con mis hijos la puse en manos de Dios. Por encima de la relación con mis hijos, mi esposo o amigos está mi relación con Dios y eso me convierte en una mujer plena.

Aquí en la iglesia tengo la oportunidad de servir en varios ministerios, yo siempre he sido una persona muy tímida, no me gusta hablar en público y eso era algo que me detenía a la hora de servir. En mi crecimiento siento la necesidad y creo que mi llamado es a servir a los demás y por medio de eso sirvo a Dios. Ya he tomado un curso para ser maestra de niños aquí en la iglesia y siento que éste es el comienzo de una nueva etapa.

Dios te cambia la vida, es algo que no puedes conocer hasta que lo experimentas. Para mí el ir los domingos a la iglesia, alabar a Dios, escuchar una predicación y convivir con gente es algo que me llena mucho y algo que ha cambiado mi vida completamente.

Cuando tú dejas entrar a Cristo en tu vida todo se vuelve mucho mejor, no importan los problemas o por lo que estés pasando. Él te da una fortaleza y una seguridad incomparables. Dios no necesita que tú le des una oportunidad pero si lo haces, va a ser para tu beneficio porque Él te transforma por completo.